Los Mercados Eléctricos Latinoamericanos tienen poco más de 100 años de existencia. Tan solo 10 años atrás esta región se alimentaba casi exclusivamente, y como había ocurrido desde su origen, con centrales hidroeléctricas de gran porte y centrales térmicas alimentadas por combustibles fósiles.

Impulsada por una toma de conciencia ambiental frente a la evidencia de los efectos del cambio climático y también por las incertidumbres sobre los costos de los combustibles fósiles siempre asociados a cuestiones geopolíticas, comenzaron  a surgir, al principio muy  tímidamente, las llamadas Energías Renovables No Convencionales (ERNC).

Este término ERNC incluye a la energía eólica, a la solar (tanto fotovoltaica como térmica) a la biomasa, a la geotérmica y a la mini hidráulica.

Por sus características intrínsecas de ser autodespachable o autogestionable, debido a depender de un recurso natural no almacenable, se las vio desde un principio con capacidad solamente marginal para contribuir a la solución de los problemas energéticos. Incluso autoridades que  las impulsaban decían frases como “no pretendemos que sea la solución definitiva, pero sí que hagan su contribución al desarrollo energético”.

El advenimiento de las ERNC vino de la mano de algunos mitos que actuaron como barreras para su desarrollo, entre ellos se pueden mencionar:

  • Que la energía producida es de mala calidad y solo puede introducirse en forma parcial o marginal.
  • Que se trata de una forma de generación muy costosa.
  • Que las variaciones de potencia horaria son muy bruscas y la hacen ingobernable.
  • Que las ERNC “consumen” mucha red de transmisión
  • Que siempre precisan gran cantidad de respaldo firme. Por cada MW eólico que se instale es necesario instalar  un MW térmico y  de funcionamiento muy flexible (turbinas de gas  y motores).

Sin embargo, poco a poco las ERNC, asociadas a un gran avance tecnológico, fueron derribando esas barreras o mitos.

Hoy nadie duda de la calidad de energía que producen las ERNC. De hecho, han vuelto obsoletas normas creadas para controlar los perjuicios que ellas traían a los sistemas eléctricos.

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Las subastas realizadas en los países de la región han demostrado que son muy competitivas desde el punto de vista económico.

Su asociación en la operación conjunta con centrales hidroeléctricas y su dispersión geográfica han eliminado el problema de las variaciones de potencia, demostrando que las hidroeléctricas convencionales y las ERNC forman un “matrimonio ideal”.

Los factores de capacidad alcanzados por las ERNC son similares a los de las hidroeléctricas (razón de ser de los sistemas de transmisión) por lo que son perfectamente compatibles con los sistemas de transmisión existentes y además, debido a que generalmente se trata de generación distribuida, contribuyen a aliviar la congestión en el transporte.

En algunos países los reglamentos que regulan los mercados eléctricos no reconocen potencia firme de las ERNC, porque consideran que no la tienen en el sentido convencional. Lo cierto es que colaboran en forma sustancial en disminuir las necesidades de potencia firme de los sistemas que integran, aumentando la confiabilidad de los mismos, razón de ser de la definición y exigencia de potencia firme. Más allá de esto, existen otros países que sí tienen reglamentos que asignan potencia firme a las renovables, en algunos casos equivalente a su factor de capacidad.

Por otro lado, la dispersión geográfica de las ERNC disminuye las variaciones de su producción, aumentando su “firmeza” y haciendo necesario la existencia de interconexiones internacionales.

Basado en mi experiencia personal de casi 40 años lidiando con la operación de centrales de generación de tipo muy variado, estoy convencido que el futuro de América Latina puede ser 100 % renovable, y que el puente para llegar a esta situación es el gas natural. Argentina posee en abundancia estos dos recursos, por lo que esta transición está asegurada y confío que va a ser más corto de lo que se cree.