En las últimas semanas, una variedad de informes sobre el impacto del Coronavirus en casi todos los aspectos y sectores de la economía global han visto la luz. Por un lado, analizan las consecuencias en la economía, pasando por el comercio mundial, las industrias petroleras, farmacéuticas y hasta financieras.

Por otro, plantean dicotomías tales como la salud o la economía, el Estado y el libre mercado, economías occidentales vs orientales, crecimiento vs sustentabilidad ambiental, entre otras. Aquí lo que se pretende analizar es si podríamos entender al Coronavirus como la “avant premiere” de la crisis del cambio climático e incluso, si tendremos la capacidad de internalizar la similitud que hay entre ambos. Aquí algunas ideas:

Primero y la más evidente: ambos son un enemigo invisible. Tanto el COVID como el cambio climático tienen impactos letales sobre la población mundial; la diferencia, además de ser una cuestión de velocidad y tiempo, es que los impactos de COVID son medibles (infectados, muertos, etc) mientras que la métrica del impacto del cambio climático, si bien existe, es más complicada.

Segundo, ambos constituyen un problemática cuyo abordaje y relevancia exige incorporar una óptica transgeneracional. Mientras que los más afectados por el virus son nuestros mayores y poblaciones con problemas de salud prexistentes, el cambio climático tiene como víctimas a las generaciones futuras.

El desarrollo productivo, ritmo y escala mundial no son compatibles con el bienestar de generaciones futuras en materia social, económica y ambiental. De este modo, el COVID19 nos pone a practicar que la única solución factible para salir de esta crisis es considerar a otras generaciones a la hora de tomar decisiones sobre nuestros comportamientos diarios. Nada más cercano a lo que requiere el cambio climático.

En relación con esto, se encuentra la tercera similitud: está en nuestras manos aplanar la curva de la crisis sanitaria actual, y climática futura. Pequeñas acciones individuales como quedarse en casa, para una y prestar atención nuestras pautas de consumo de la electricidad, el agua, separar los residuos y realizar acciones de eficiencia energética, para la otra, son el verdadero engranaje del cambio.

De hecho, el Coronavirus nos recuerda que nuestras acciones individuales tienen impacto sobre la sociedad: hoy a la hora de salir consideramos el daño que podemos hacer sobre otras personas; sin embargo, a la hora de consumir, de producir, de incentivar sectores productivos que tienen un gran impacto en la sustentabilidad de la sociedad parecemos no considerarlo. ¿Es entonces una cuestión de Intertemporalidad de las decisiones? ¿Será que sólo podremos hacer la cuenta correctamente cuando los efectos estén sobre nosotros?

Simplificando al extremo la función de producción de una economía, podemos decir que cualquier sector productivo funciona con la combinación de dos bienes agregados: los que provienen de la naturaleza (recursos naturales, renovables y no renovables, entre otros) y los que provienen como resultado del accionar humano (bienes de capital, servicios, inmuebles, etc).

La intensidad del uso de ambos y sobre todo, el impacto ambiental, social y económico presente y futuro es lo que define si la economía tiene una función de producción sostenible o no. Así como la cuarentena es la manera de hacer que el desarrollo de la enfermedad sea “asimilable” para el sistema sanitario, es crítico encontrar un patrón de producción y consumo compatible con las limitaciones del planeta.

Palabras tan renombradas hoy como planificación, población de riesgo, vulnerabilidad, son igualmente relevantes para abordar el cambio climático, el cual también tienen su población vulnerable y que sin dudas gran parte será coincidente (poblaciones aisladas, de bajos recursos, sin acceso a servicios públicos, mayores de edad, entre otros).

Esta crisis mundial ha demostrado que los bienes necesarios, bienes públicos y derechos constitucionales como el acceso a la salud de calidad y servicios esenciales están últimos en la lista de prioridades cuando el sistema funciona normalmente y de los que todos nos olvidamos en el frenetismo diario.

Sin embargo, sin salud nada de lo que el sistema mundial a como funciona hoy, funciona. Sin salud caen las cotizaciones mundiales, crece el hambre, el desempleo, no es factible producir ni obtener rentabilidad. No podemos relacionarnos con las personas, educarnos como tradicionalmente lo hacemos y hasta el dinero redefine su rol.

Bueno, no es grato decirlo, pero el ambiente está valorado bastante menos que la salud tanto a nivel individual como presupuestario, es un bien público además de ser un derecho y es igual de vital para el desarrollo humano. Pareciera ser que si la pandemia puso en jaque nuestro modo de vida, una crisis climática podría tener consecuencias más severas y duraderas.

En este sentido, una analogía adicional se encuentra en la centralidad del rol del Estado como director de las acciones y políticas que marquen el camino hacia donde queremos ir como país y sociedad. La pandemia muestra cómo diferentes prioridades en las decisiones del Estado conllevan resultados opuestos y cómo el entramado productivo sectorial de los países puede ser determinante a la hora de lidiar con crisis mundiales.

Las acciones climáticas requieren de la misma coordinación y determinación, independientemente del aporte individual de la sociedad.

Para cerrar, y levantar un poco la tónica un tanto pesimista, la realidad es que tenemos tiempo, poco, pero es momento de decidir qué trayectoria queremos tomar. Tenemos la oportunidad.

El cambio climático con el COVID-19 es como Argentina con el resto de los países al inicio del virus: sabemos que va a llegar, debemos alistarnos. Podemos negarlo (Estados Unidos, Italia, Reino Unido?), podemos actuar rápidamente (Corea del sur?, Argentina?) o nos puede sobrepasar (Ecuador).

Lo más importante es entender que es el accionar individual pero conjunto y de escala mundial lo que aplanará la curva del cambio climático y el costo humanitario actual y de las futuras generaciones.