Van a pasar varias décadas antes que la humanidad prescinda definitivamente de la combustión de hidrocarburos (HC) para la obtención de energía utilizable. Las estimaciones más serias y aceptadas por el G8, en su reunión del año pasado, hablan de fines de este siglo, es decir dentro de 70 u 80 años.

Hoy el mundo produce unas 12.000 millones de TEP de energía de las cuales el 81% se obtienen del carbón, petróleo y gas. Esa desproporción en la matriz energética está mandando a la atmosfera 49 Gton de CO2. Nuestro país también tiene una distorsión similar pero con poco carbón y gran participación de gas natural. Pero lo que emite es menos del 1%, 0,4Gton, de la emisión global. El CO2, subproducto de la combustión de HC, es lo que más preocupa a la opinión pública por su efecto invernadero y su consecuente influencia en el calentamiento global. Estas cifras están indicando que el cambio de paradigma energético es necesario e inevitable pero también difícil, costoso y lento.

Surgen entonces algunas preguntas: ¿Qué se requiere para la transición?: energía que vaya reemplazando a los HC. ¿De que fuentes? Por ahora eólica, solar, nuclear e hídricas.

Más adelante podremos ilusionarnos con la fusión nuclear, el hidrógeno y otras. ¿Cuál será el vector para el cambio? La electricidad. Se va hacia una electrificación del abastecimiento energético global que incluye al transporte. Así mismo, en la transición ocurrirán cambios cualitativos dentro del uso de los HC en retirada.

Por presión política más que económica se irá sustituyendo primero al carbón, combustible responsable de la mayor emisión de CO2. ¿Qué reemplazará al carbón? El gas natural, que asumirá un rol protagónico antes que los hidrocarburos pasen a la historia. El Gas natural, próximo a constituirse en una commodity, también será el encargado de reemplazar a los derivados de petróleo en la indispensable generación de electricidad para complementar al crecimiento de la intermitente energía renovable solar y la eólica.

Argentina cuenta con:

-El recurso de gas más grande del mundo después de china y consumirlo nosotros nos llevaría unos 400 años, es decir que, si no lo usamos y exportamos, una gran parte de ese recurso quedará bajo tierra. La mitad de su inmenso potencial hidroeléctrico sin utilizar, no obstante constituir una energía renovable por excelencia y no intermitente.

-Los minerales del futuro como Cobre, Cobalto y Litio que serán requeridos por industrias limpias como vehículos eléctricos, acumuladores y baterías que harán posible almacenar energía eléctrica para usarla cuando la necesitamos. Son minerales que disponemos en abundancia en nuestro suelo y en el caso del Litio, el más importante de ellos, compartimos con Bolivia la mayor reserva del mundo;

-Conocimiento nuclear. Pertenecemos al exclusivo club de países nucleares para uso pacífico, es decir para producir electricidad, y aportar a la industria alimentaria a la medicina y a la investigación. Estamos en condiciones de cubrir todo el ciclo requerido para la producción de núcleo electricidad, desde el mineral, su enriquecimiento, la participación en el construcción del reactor, y lo que es más importante, la disposición final de los residuos de la reacción de fisión controlada.

El mundo en las próximas décadas, nos guste o no, requerirá de gas natural, energía nuclear y de minerales y tecnologías para una nueva generación de baterías que hagan viable el rápido desarrollo previsible de las energías renovables. Como acabamos de ver, Argentina tiene todos los recursos que demandará el mundo en los años de transición energética, tanto en cantidad como en calidad. Sin embargo entre los condicionantes, aparece cada vez con mayor frecuencia un injustificado cuestionamiento al desarrollo y explotación de las mismos, por parte del “fundamentalismo verde”, que sistemáticamente se oponen al fracking de Vaca Muerta, a las hidroeléctricas, a las nucleares, a la minería y ahora también al Litio. Esos sectores verdes complican al desarrollo, con un discurso entre épico y romántico, pero sin sustento científico.

Lo que debería aplicarse es un genuino ambientalismo donde prime la razón y el conocimiento, por encima de las emociones y donde el concepto de “Desarrollo Sustentable” constituya su leitmotiv para determinar impactos ambientales de los nuevos emprendimientos, efectuar análisis de riesgos y elaborar planes de mitigación. También de sistemas de control por parte de los gobiernos, ingentes inversiones, y permanente información de la sociedad.