En los últimos tiempos, los valores en las facturas de electricidad y gas han ido modificándose, especialmente para el uso residencial. Ante este escenario, y ante posibles cambios que afronte el próximo gobierno, surge un renovado interés en controlar el consumo de un edificio.

Frecuentemente se reciben consultas sobre cómo bajar ese consumo, especialmente en las construcciones que están siendo diseñadas ahora y que comenzarán a funcionar con un esquema tarifario distinto. Pero, ¿se puede prever cuánto consumirá un edificio? En principio no, porque el consumo real (no el que surge de la potencia instalada) depende fuertemente de cómo el usuario utilice los sistemas de iluminación, calefacción y climatización, entre otros.

Lo que sí se puede hacer es estudiar, desde la concepción, cuál sería el desempeño y cómo optimizarlo. Para ello se recurre a una disciplina llamada simulación energética. Consiste en “construir” en un modelo 3D nuestro edificio, y adosarle distintas variables que hacen a su desempeño: el clima del lugar, las instalaciones, la población del edificio y los horarios de uso.

El programa calcula el consumo y sugiere mejoras. Se recurre entonces a un análisis de estrategias posibles: cambios en la densidad de iluminación, mejoras de ventanas, recálculo de aislación, optimización de la eficiencia en equipos, etc.

La importancia de este software radica en que permite comparar mejoras, analizar su impacto y poder cotizarlas, para que el inversor pueda hacer su análisis de costo-beneficio. Es decir que una simulación energética se utiliza como una herramienta comparativa, no predictiva. Esta herramienta es mandatorio en proyectos de alto desempeño (como la certificación LEED, por ejemplo), pero se está volviendo popular en distintos ámbitos.

Algunas casas de estudio la están incorporando dentro de sus programas de posgrado, tales como como la Universidad de La Plata, de San Juan y de Tucumán, por mencionar algunas. Dentro del Mercosur, se van dando desarrollos que se van incorporando a la legislación. Brasil, por ejemplo, incorpora la posibilidad de usar una simulación energética en el sistema de etiquetado de edificios. Chile es otro mercado donde las simulaciones van creciendo de la mano de licitaciones de ministerios, que solicitan un determinado grado de eficiencia, medido con certificaciones del tipo Passivhaus o LEED, que incorporan simulaciones energéticas.

¿Cómo serán los edificios del mañana? Aún es temprano para saberlo, pero contamos con herramientas que nos permiten acercarnos a su desempeño energético. En próximas entregas charlaremos con referentes locales, para conocer más su implementación en Argentina y en la región