De acuerdo al ‘Informe Anual 2014’ elaborado por la Administración del Mercado Eléctrico de Uruguay, el año pasado la plaza oriental contó con una capacidad de potencia eólica instalada de 493 MW, lo que representó un 7 por ciento de su demanda eléctrica, superior a la generación con combustibles fósiles (5,1 por ciento).

Asimismo, según la ministra de Industria, Energía y Minería uruguaya, Carolina Cosse, durante este 2015 y principios del 2016 el país vecino podría triplicar el número de MW eólicos instalados. La cifra es impactante y más aún si la comparamos con Argentina, que tiene apenas 220 MW de potencia instalada.

Otro país que crece de manera sostenida en la producción de energía eólica es Chile. El reporte del Centro para la Innovación y Fomento de las Energías Sustentables (CIFES) de Energías Renovables en el Mercado Eléctrico Chileno determina que hasta agosto de este año en la plaza trasandina se han instalado cerca de 930 MW eólicos.

En ese sentido, Reinaldo Medina Kempter, de Consultora Eólica, considera: “Que Uruguay y Chile tengan una potencia eólica instalada mayor que la nuestra debe entenderse como un fracaso nacional, ellos comenzaron más tarde que nosotros”.

En diálogo con energiaestrategica.com, el especialista contempla que a pesar del volumen de producción de energía eólica, ambos países no han podido desarrollar una industria de envergadura, a diferencia de Argentina.

La fabricación local es lo verdaderamente importante desde el punto de vista integral de país, y lo es también en grado aún superior el desarrollar tecnologías o arquitecturas adaptadas a necesidades específicas locales o no locales”, resalta Medina Kempter.

Al respecto, explica: “Uruguay no tiene industria y basa su desarrollo en máquinas importadas incluyendo máquinas usadas provenientes del repowering europeo. En Chile el caso no difiere mucho del uruguayo, solo que es notable la existencia de máquinas de origen chino. Dice que Argentina cuenta con una industria fortalecida pero que aún requiere de condiciones adecuadas y fundamentalmente de seguridad jurídica y créditos blandos.

Recuerda la fallida implementación del GEN REN que “sin haber planificado las articulaciones necesarias para que la industria local masivamente aportara sus equipos (Impsa fue la excepción) tampoco se previó con la debida anticipación mandar las señales ciertas en tiempo y en forma a la industria”.

Era tan caóticas las señales de ENARSA y del gobierno que poco tiempo antes del GEN REN he escuchado en conferencias en Congreso de la Nación decir que no era necesario apoyar el desarrollo de aerogeneradores nacionales porque los que se compraban en Europa ya tenían tecnología incluida”, critica.

Sin embargo, el consultor encuentra una buena reacción por parte del oficialismo por impulsar y querer reglamentar la nueva Ley de Energías Renovables 27.191. Pero advierte que para su aplicación no deberán desatender el desarrollo de la industria eólica nacional.

Del mismo modo saluda la creación del Fondo para el Desarrollo de Energías Renovables (FODER) e indica que debería ser similar al que se instrumentó en Brasil bajo el nombre de Proinfa.

Con el plan Proinfa, en principio con errores y aciertos (los errores se fueron superando en etapas posteriores) facilitaron la instalación de la industria de aerogeneradores en Brasil, por ser confiable, la seguridad jurídica no estaba en duda, y se posibilitó también algo fundamental, el crédito blando a quien deseara instalarse y otras ventajas por sobre los que solo importaban máquinas”, observa.