Nuestro país necesita, le conviene y puede instalar en cuatro años 4.000 MW de energías renovables no convencionales (ERNC), eólica y otras. Siendo así la solución más eficaz para paliar la emergencia eléctrica. Ello demandaría una inversión, privada de u$s 8.000 millones.

Mientras el mundo destina más de la mitad de las nuevas inversiones en energía eléctrica a las energías renovables, nuestros colosales recursos de éstas, uno de los mejores del planeta, y una de las oportunidades más extraordinarias que existen para desarrollar el país, siguen abandonados sin estrategia alguna para explotarlos.

La política destructiva de la energía de los últimos años ha acabado con el autoabastecimiento, privándonos de las divisas de sus exportaciones y de las que requieren ahora sus crecientes importaciones. Además, las inversiones en generación eléctrica han sido en centrales térmicas totalmente importadas desechando las ERNC parcialmente de fabricación nacional.

Con las mismas se podría también diversificar la matriz energética, que debería ser el atributo primordial con que deberíamos manejar un sector estratégico por excelencia, concentrado hoy casi en un 90% en petróleo y gas.

Además, las ERNC son mágicas ya que sus reservas aumentan con el uso: gracias al conocimiento, la experiencia y al adelanto tecnológico que se adquieren al desarrollarlas, acrecentando así el valor de nuestro recurso, que se reitera, es gigantesco.

Ellas representan la mejor alternativa que tiene la humanidad para mitigar el cambio climático, precisamente porque reemplazan a los mayores contaminantes, carbón, petróleo y gas, que son la causa principal, en un 66%, del calentamiento global, que amenaza la propia existencia de nuestra especie.

Además estos combustibles fósiles se agotarán en poco tiempo, en cien, quinientos o mil años, que es un lapso insignificante respecto a la vida de nuestra especie y a los millones de años que precisó la naturaleza para formarlos.

El mundo sufre demenciales pérdidas humanas y materiales en guerras petroleras y en gastos siderales de ?defensa? para proteger sus reservas y su transporte, sin que esta energía pague un centavo por esos costos. Además se subvenciona su consumo, con u$s 500.000 por año ?el equivalente del PBI argentino?, cobrando a los consumidores de estos fósiles un precio menor que el valor de mercado.

Por sus costos, las ERNC son hoy competitivas con las energías fósiles pero serían mucho más si estas tuvieran que pagar por los costos señalados. ¿Por qué no se les cobra impuestos por esos daños? ¿Cuánto va durar esta tergiversación de los mercados?

Por otra parte, el precio del petróleo ha aumentado vertiginosamente, y hoy cuesta más de treinta veces de lo que valía en 1970, y no hay previsiones de que pueda bajar. En cambio, la energía eólica y la solar han disminuido sus costos en valores del 70% en las últimas décadas y se supone que seguirán bajando debido a la juventud de su tecnología, al desarrollo masivo de que son objeto y a los recursos extraordinarios de investigación que para tal fin destinan los principales países.

En efecto, el mundo ha instalado ya 500.000 MW de energía eléctrica en ERNC, aproximadamente el 10% de la capacidad mundial, con un crecimiento vertiginoso en eólica y solar, de más del 25% de promedio anual en los últimos veinte años. ¿Cuántos negocios pueden rivalizar con este resultado?

Pero para poder desarrollar las ERNC es necesario superar muchos desafíos y sobre todo abandonar la improvisación y cambiarla por una maciza política pública, comprensiva y coherente, con una sólida estructura legal, para ser impulsada dentro de una institucionalidad profesional y transparente, que reduzca a su mínima expresión la discrecionalidad.

Se abre así un camino nuevo que puede ser una parte importante de la solución de nuestra crisis energética, que sería una de las oportunidades más extraordinarias que existen para desarrollar el país, que es la mejor herencia que le podemos dejar a nuestros hijos y que es de lejos la principal herramienta que tiene la humanidad para mitigar el cambio climático.

Luis M. Rotaeche Economista y autor de «Energías Renovables en Argentina: una propuesta para su desarrollo»