La escena cuenta simbólicamente quién es, cómo actúa y de qué escribe la periodista Naomi Klein. Ocurre en Montreuil, un suburbio de París, en un club barrial casi idéntico a uno de nuestro conurbano: un sitio con tinglado, un escenario polvoriento y sillas dispersas.

Será triste el lugar, pero el estado de ánimo es alto y el humor combativo: van a desnudar a una gran corporación, la Exxon Mobil, por hechos que consideran criminales. Y, por eso, le van a hacer un juicio in absentia.

La empresa petrolera ha sabido desde los años ‘70 que la quema de combustibles fósiles estaba provocando un efecto irreversible de calentamiento en la atmósfera, pero ocultó esa información que habían recabado sus propios científicos. En cambio, se dedicó a financiar un poderoso lobby negacionista, que demoró por más de dos décadas un acuerdo global sobre cambio climático.

Llaman a declarar como testigos a representantes de naciones indígenas que llegaron de lugares tan disímiles como Finlandia o las Islas Marshall para denunciar las transformaciones desconocidas que están ocurriendo en sus territorios. Y también a científicos como Jason Box, un glaciólogo que se pasa la mitad de su vida midiendo el hielo en Groenlandia y que tiene todo el estatus de un rock star en el movimiento ambiental. Con rostro serio, Klein hace las veces de fiscal acusadora y los interroga con cierta postura histriónica y un papel en la mano.

Este rol que ahora personifica es el mismo que ejerce de forma militante en sus libros y películas, que han contribuido a crear toda una corriente de pensamiento sobre el capitalismo y la globalización.

Klein (Montreal, 1970) tiene un encantamiento con las organizaciones de base, por el poder de la gente humilde organizada y autogestionada. Y un férreo desprecio por el sistema económico que rige casi en el mundo entero.

Sus dos primeros libros (No Logo y La doctrina del shock) se ocupan de recalcar la futilidad de la sociedad de consumo y las injusticias que crea un mundo interconectado por el comercio. Recientemente, sumó a su obra Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima, un libro en el que se ocupa del desafío más difícil que hayamos enfrentado: el cambio abrupto de las condiciones climáticas a escala planetaria.

A pesar de su retórica disruptiva, Klein es una mujer de rostro y maneras refinadas. Nos encontramos lejos de Montreuil, en las coquetas oficinas de su editor francés, en pleno barrio Latino de París. Todavía vibran los ecos de la conferencia de las Naciones Unidas sobre cambio climático que se llevó a cabo en la Ciudad Luz. Klein mantuvo una mirada escéptica hasta el final del proceso, aunque hubo un acuerdo de los gobiernos para mantener en caja el alza de la temperatura en “muy por debajo de 2 grados” respecto de la era preindustrial, o sea antes que se inventara el motor a explosión, que es el elemento que permitió catapultar a la atmósfera niveles desconocidos para los ecosistemas actuales de dióxido de carbono (CO2). “Si no hablás de castigos, los políticos pueden decir lo que quieren. Pueden competir entre ellos por quién hace el discurso más bonito, sin preocuparse por lo que significan las palabras”, le dice a Viva.

En este debate, ¿es la sociedad civil, más que los gobiernos, la que marca el rumbo?

Sí. Creo que gran parte de lo que vemos es el resultado de la presión de la sociedad civil. Por ejemplo, la transición energética en Alemania es el resultado de que el país tiene uno de los movimientos ambientales más poderosos del mundo, particularmente antinuclear, lo que empujó a que el gobierno, después del desastre de Fukushima, acelerara la salida de la energía nuclear. Esto tiene no sólo consecuencias locales sino también globales porque Alemania ha invertido tanto dinero en energías renovables que, por ejemplo, ayudó a bajar los precios de los paneles solares. Incluso China está bajo presión, aunque no es una democracia y la sociedad civil allí esté limitada. Ha habido tanta bronca por la contaminación del aire que el gobierno de Beijing se ve obligado a hacer más de lo que querría. Hay progreso, pero no porque los políticos sean tan maravillosos sino porque están presionados.
En su libro, Klein sostiene que si bien el capitalismo desenfrenado ha provocado la situación ecológica que pone en riesgo nuestra propia existencia como especie, esta crisis puede a la vez constituirse como una oportunidad histórica para desarrollar un sistema económico más justo, en el que se compatibilicen las necesidades del hombre con los límites de la naturaleza.

¿Piensa realmente que el cambio climático puede ser una oportunidad?

Sí. Ya está pasando. Las negociaciones de la ONU no son la única esfera donde el cambio sucede. Está pasando porque la gente está demandando energías renovables comunitarias, y porque están construyendo alternativas donde viven, y proponiendo políticas a escala nacional. El hecho de que el precio de la energía solar haya bajado es una gran ayuda.

Klein subraya que el problema no es el CO2 en la atmósfera, sino el sistema que lo produce. Dice esto a pesar de que no fue sólo el capitalismo el dueño exclusivo de estos gases: la vieja Unión Soviética fue un festival de catástrofes medioambientales. Pero es cierto que desde su caída, hubo un salto de emisiones que aceleró como nunca los impactos de la crisis climática. “Nuestro sistema económico está en guerra con la vida en la Tierra”, afirma ella.

“Podemos transformar nuestra economía para que sea menos intensiva en recursos, y podemos hacerlo a través de vías equitativas, protegiendo a los más vulnerables y haciendo que los más responsables soporten el grueso del costo de la transformación. Tenemos ante nosotros una dura elección: permitir que las alteraciones del clima lo cambien todo en nuestro mundo o modificar la totalidad de nuestra economía para conjurar ese escenario”, dice en el libro. “Ya es demasiado tarde para intentar evitar la llegada del cambio climático: está aquí, junto a nosotros, y nos encaminamos hacia desastres crecientemente brutales, hagamos lo que hagamos. Pero no es demasiado tarde para conjurar lo peor y queda tiempo para que cambiemos a fin de que seamos menos brutales los unos para con los otros cuando esos desastres azoten”.

Klein es una conocedora de la Argentina y pregunta muy intrigada por el cambio de gobierno. Estuvo aquí poco después de la crisis de 2001 para realizar la película La Toma, contar su visión del capitalismo y retratar el movimiento de empresas recuperadas, entonces en auge. “Argentina siempre se anticipa. Por eso me interesa tanto”, afirma. Conserva muchos amigos en el país, y a ellos –confiesa– les pidió consejos cuando recibió una invitación muy especial, llegada desde el Vaticano. Justo a ella, una mujer de origen judío, feminista, a favor del aborto, le vinieron a tocar la puerta de parte de un señor llamado Jorge Bergoglio. Al Papa lo admira particularmente por su encíclica Laudato Si, todo un tratado moral sobre nuestra relación como especie con lo que llama la “casa común”: la Tierra. “Obviamente estoy en desacuerdo con la Iglesia Católica. Pero creo que la intervención del papa Francisco con la encíclica es increíblemente importante, sobre todo cuando se refiere a la cultura del descarte”.

La naturaleza ya está pegando gritos. Y viene lo peor: vamos a tener cambios en los ciclos del agua, con severas inundaciones y sequías, por ejemplo. ¿Estamos listos para aceptar nuevos migrantes climáticos?

No. Por eso creo que la encíclica de Francisco es clave. El texto plantea la necesidad de una transformación de valores: si le damos valor a la vida o no. Si tratamos a la Tierra y a los productos de nuestra vida como elementos descartables, también tratamos a la gente de la misma forma. Si dejás que las personas desaparezcan entre las olas, entonces es fácil permitir que países completos desaparezcan debajo de las olas, como las Maldivas. Entonces, ¿estamos listos? No.

Un sistema económico que colisiona con el cambio climático no sólo va a crear un planeta más caliente sino uno más malo. Y si querés saber cómo va a ser, mirá a Nueva Orleans cuando azotó Katrina. Eso fue el futuro. Eso es el cambio climático confrontado con infraestructura abandonada, racismo institucional y la gente que es la víctima convertida en villana, asesinada por vigilantes en las calles. Para mí esto nunca fue una discusión sobre el estado del tiempo, sino una discusión sobre nosotros.

¿Cuál fue su sensación cuando recibió la invitación para ir a Roma?

No me invitó el Papa sino el Cardenal Peter Turkson. Pensé mucho sobre si tenía que ir o no. Y acepté porque siento que necesitamos el movimiento más amplio posible. Yo sé que hay grupos a los que no puedo llegar. Soy bastante buena en llegar a la izquierda, a la progresía. Pero hay una pared que no puedo cruzar porque estoy identificada justamente con ese sector. Me sentí muy inspirada en el Vaticano. Nunca he visto a nadie trabajar tan duro como Francisco. Acaso no estés de acuerdo con todo lo que hace, pero ha demostrado una calidad de liderazgo de la que carecemos enteramente en la esfera política. Ese liderazgo de urgencia, ese liderazgo del que el mundo depende.

Estamos en una encrucijada…

Por muchas razones. El proyecto neoliberal es un proyecto zombie. Estamos en momentos en que estas políticas se están introduciendo sin ningún fervor ideológico. Todo esto vino después de la crisis financiera de 2008, pero creo que en la Argentina empezó antes. Es por eso mi interés en la Argentina. Nuestra película empieza con una escena que tiene un cartel que dice “Vamos a donde va el resto del mundo”.

A la vanguardia de las crisis…

Felicitaciones (risas). El neoliberalismo es una ideología zombie que aún anda dando tumbos por ahí porque no hay vida en él. Pero la verdad es que estamos en una encrucijada en la que la gente está lista para creer en algo distinto. De hecho, hay hambre por creer en otra clase de modelo. Yo creo en un sistema económico con bases ecológicas, y no en recuperar al viejo socialismo controlado por el Estado. Se trata de evolucionar a un nuevo modelo que empieza con los límites de la naturaleza y las necesidades de la gente.

Klein es miembro de 350.org, una organización fundada también por otro periodista, Bill McKibben, que promueve –entre otras cosas– un concepto novedoso de pelea contra el cambio climático: la desinversión. Se trata de convencer a grandes y pequeños financistas de que los activos en energías fósiles (carbón, gas y petróleo) son indeseables y no tienen futuro económico porque en las próximas décadas se dejarán de usar. Y, por lo tanto, no van a valer nada. Muchos le están prestando atención al asunto, que amenaza convertirse en una moda. La ciudad de Copenhague, en Dinamarca, acaba de vender sus posesiones en energías fósiles.

El día que Klein hizo de fiscal en el juicio de Montreuil estaba junto a McKibben, que también ejercía como acusador de la Exxon. Ella cree realmente que hay que pasar a la acción por el cambio climático, con hechos simbólicos, como éste, y cometiendo actos de desobediencia civil también. Por ejemplo, se hizo arrestar frente a la Casa Blanca para protestar por la construcción de un gigantesco oleoducto, llamado Keystone XL, lo que fue un ícono de la lucha climática.

¿Qué impacto tiene el movimiento de la desinversión?

Cuando ves gente como Mark Carney, el gobernador del Banco de Inglaterra, hablando del peligro para inversores que siguen poniendo dinero en un modelo de negocios que tal vez ya no sea viable, ves el impacto. Pero la desinversión nunca puede ser un reemplazo para las políticas de los gobiernos. Creo que hay que crear las condiciones para capturar la rentabilidad de las petroleras y financiar una transición de los combustibles fósiles a energías limpias. No creo que los combustibles fósiles vayan a ser tan rentables por tanto tiempo. Estamos viendo el ocaso de los días de esa gran rentabilidad.

La energía no será el sector que convierta a la gente en mega millonarios. Pero el capitalismo necesita de estos grandes negocios. ¿Qué pasará?

El argumento que hago en mi libro es que esta es una oportunidad para tener un modelo económico más equitativo. Se puede hacer suficiente dinero con las energías renovables como para sostener comunidades y pagar salarios dignos. Pero no como para crear esa clase de exceso de capital, con el que ha contado, por ejemplo, Exxon. Creo que es criminal hacer miles de millones en ganancias.

Fuente: Clarín.