¿Por qué nunca se reglamentó la ley de hidrógeno?

Es difícil de decir, parecería que no hubiese habido la voluntad política de llevarla adelante; situación similar a la que ocurría paralelamente con la falta de cumplimiento de las metas fijadas para la introducción de las fuentes renovables. A esto se sumó el atraso tarifario, que hacía inviable económicamente el uso de estas tecnologías. También hubo poco compromiso con la mitigación de los gases efecto invernadero, acompañado por una situación global que aún no había asumido compromisos formales y vinculantes.

Además, esta Ley 26.123, sancionada en el año 2006, y cuyo objetivo era, según su artículo primero, “Declarar de interés nacional el desarrollo de la tecnología, la producción, el uso y aplicaciones del hidrógeno como combustible y vector de energía”, establecía también en su  artículo 21 “la caducidad del régimen a los 15 años de su promulgación”, por lo que el propio texto ha quedado de hecho obsoleto, lo que, sumado a la falta de reglamentación, hace que sea necesario comenzar nuevamente con la redacción y aprobación de un nuevo texto.

Años más tarde, en el año 2015, fue sancionada y posteriormente reglamentada la Ley 27.191, conocida como de Energías Renovables, con la que comenzó a cambiar la historia; aunque las urgencias del momento ( había que reconstruir el sector energético y el hidrógeno no resultaba imprescindible ) hicieron que no se volviese a discutir esa tecnología. Ahora, las crecientes potencias de energías solar y eólica, instaladas para cumplir con las metas propuestas, requieren necesariamente incorporar sistemas que faciliten la estabilización de la red eléctrica.  La producción de hidrógeno, operando a régimen variable,  vuelve a presentarse como una solución muy promisoria.

¿Y qué perspectiva tiene en Argentina?

El campo de aplicación podría ser muy amplio, ya que la aplicación de esta tecnología, implica ventajas en varios aspectos.  Por un lado, la producción de hidrógeno por electrólisis, facilita el aumento de la incorporación a la red eléctrica de fuentes volátiles (variables e incontrolables) como la solar y la eólica, ya que, operada en forma adecuada, contribuye a estabilizar a la red eléctrica.

En segunda instancia,  el uso de ese hidrógeno, por ejemplo, en el transporte carretero de larga distancia, redundaría en una importante reducción de los GEI; teniendo en cuenta que dicho trasporte es el principal emisor en nuestro país.

Hay una cierta confusión, a la que se suman algunos intereses, por la que se presenta al uso del hidrógeno en el transporte como una especia de  “competencia” a los vehículos eléctricos a baterías. En este campo existe, en realidad,  una complementación de ambas, teniendo en cuenta que ninguna de las dos son aún tecnologías maduras, y que tampoco está definida la forma como se reciclarán algunos elementos que estas generan.

Además, aunque la aplicación del hidrógeno en el transporte es la más rentable, existen también otros campos de aplicación, como la generación de energía eléctrica descentralizada, la conversión en metano para su inyección en la red de gas, la síntesis de combustibles líquidos para ser utilizados en motores convencionales, etc.

La puesta en marcha de una “economía del hidrógeno” en la Argentina resultaría entonces factible, ya que la tecnología está disponible y comercialmente accesible, partiendo de la base de que su introducción debería contar con beneficios del sector público, los que serían largamente compensados con la reducción de los gastos ocasionados por los daños derivados del uso de combustibles fósiles.

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¿Qué experiencia hay en el país?

Existen grupos de investigación y desarrollo (I&D) que están trabajando en diferentes aplicaciones del hidrógeno, y se pueden orientar al estudio de ciertas soluciones específicas que se podrían emplear en nuestro país, de manera de buscar mejoras y optimizar las distintas etapas del proceso.

¿Qué usos debería tener el hidrógeno?

Se debería comenzar por aclarar que implica la adopción de una “economía del hidrógeno”, básicamente podemos señalar  cuatro ventajas:

  • Reducción del daño ambiental por reemplazo de fósiles.
  • Diversificación de las fuentes energéticas primarias utilizables.
  • Gran cadena de valor que genera importante impacto económico, especialmente en la PYMES.
  • Contribución a evitar los daños por desastres naturales.

El hidrógeno es un vector energético, como la electricidad, y como tal se aplica en un proceso encadenado de producción, transporte y uso, todo perfectamente encuadrado por normas de seguridad, que a nivel internacional ya se encuentran muy desarrolladas.

¿Hay proyectos para reglamentar su utilización?

La Ley 26.123, sancionada en el año 2006, ha perdido actualidad tecnológica y resulta además obsoleta por algunos aspectos formales.

La opinión de los autores es que, tanto a efectos de corregir los aspectos de forma mediante una correcta técnica legislativa como a actualizar ciertas cuestiones referidas a las tecnologías a emplear, convendría tramitar una nueva ley que derogue la anterior y fije un claro punto de partida.

En este momento no hay proyectos al respecto que tengan estado parlamentario, pero hay conocimiento de que existen legisladores preocupados por el tema y que están desarrollando borradores de proyectos.

Entre tanto, mientras el Estado avance a su propio ritmo, convendría avanzar con proyectos puntuales desde los sectores industrial y académico, que permitan acumular experiencia y formar recursos humanos con capacitaciones específicas.

Por lo pronto, ya se han identificado algunas posibilidades ventajosas para desarrollar proyectos de aplicación, a nivel de municipios, para producir hidrógeno a nivel local, y emplearlo, por ejemplo, en el transporte público.  También se contempla, en estos casos el empleo del oxígeno disponible como subproducto, para purificación de agua o tratamiento de efluentes.

Aquí haría falta promover la iniciativa de aquellos que piensan en un desarrollo sostenible, respetando y llevando a cabo los compromisos establecidos internacionalmente.