Energéticamente hablando Argentina posee recursos envidiables en comparación con cualquier país del mundo. Vientos óptimos para generar energía en un 70 por ciento del territorio, recursos biomásicos capaces de abastecer la totalidad de la matriz eléctrica, potencia solar y aprovechamientos hidráulicos a merced en distintos puntos del país y sin embargo en los últimos 20 años la tecnología que con mayor presencia se ha desarrollado ha sido la térmica.

Según un informe elaborado por el ingeniero civil Luis María Calvo, titulado “La necesidad de transformar y modernizar el plan energético de la Argentina”, al comienzo del 2015, nuestro país presenta un fuerte predominio de la energía térmica ubicada en el orden de más del 89 por ciento de la oferta interna de energía primaria consumida.

En lo que respecta al el parque generador interconectado nacional (con una demanda total de energía del orden de los 150.000 GWh/año, y una potencia total de unos 34.000 MW), es decir, nuestra matriz eléctrica, las fuentes térmicas convencionales representan un 56,9 por ciento, las hidroeléctricas un 35, la energía nuclear un 7 por ciento, fuentes geotérmicas 1 por ciento y las que corresponde a fuentes renovables menos del 0,1 por ciento.

Ante estos números, el descubrimiento del yacimiento petrolífero Vaca Muerta trajo un gran alivio energético, según la mirada de muchos especialistas en la materia energética, ya que la tan deseada “independencia energética argentina” se comienza a delinear. Sin embargo, no sólo el mundo sino la propia región sudamericana ha comenzado a desarrollar recursos energéticos alternativos a los convencionales, más aun teniendo en cuenta los desastres naturales que provocan las emanaciones de impacto ambiental, tal es el caso de las fuertes precipitaciones en provincia de Buenos Aires.

Según el informe de Calvo, pronosticando hipotéticamente una tasa moderada de crecimiento de la demanda eléctrica del 3,5 por ciento anual acumulado, teniendo en cuenta políticas de uso racional de la energía que contengan el consumo excesivo, habría que incorporar al año 2035, una capacidad adicional de generación del orden de 60.000 GWh/año, o sea la mitad de la actual capacidad de generación del Sistema Argentino de Interconexión (SADI).

A partir de lo expuesto, el experto calcula que “por ello deberá formularse una ambiciosa estrategia energética con un horizonte no muy lejano (por ejemplo en el año 2035), en la que uno de los principales objetivos será reducir el uso de combustibles fósiles en al menos un 15 por ciento”.

En ese sentido, arroja que, en cuanto a la potencia hidráulica y bajo las mismas pautas habría que incorporar 11.600 MW, lo que representa duplicar la actual capacidad instalada, habría que aspirar a incorporar en promedio 580 MW de potencia hidroeléctrica instalada anualmente. “Estos resultados muestran el esfuerzo que deberá realizar el país para mantener una participación hidroeléctrica en la matriz de generación, que desde ya es inferior a la que se registró en las dos décadas pasadas”, indica.

Asimismo, según la Asociación Argentina de Energía Eólica (AAEE), el total eólico instalado en el año 2014 es de poco más de 35 MW sobre el total de 34.000 MW señalados anteriormente. Según cálculos de la organización, el país se encuentra en condiciones de entrar al Sistema Interconectado Nacional (SIN) con 2.100 MW eólicos, 200 de ellos en forma inmediata, sin desestabilizar el sistema.

Se ha demostrado en otros países que, mediante una política energética persistente y activa, el crecimiento sostenible es posible. La promoción de la eficiencia energética y las energías renovables han permitido alcanzar un crecimiento económico sostenible. Por estos motivos en la Argentina deberá modificar su anacrónico concepto energético promoviendo un plan que  sostenga esos principios y apostando como complemento por la bioenergía durante las próximas décadas”, considera Calvo.

El caso de Dinamarca

Antes de la crisis del petróleo de 1973, Dinamarca se encontraba en la misma situación que Argentina energéticamente hablando. Es decir, dependía en un 90 por ciento del petróleo.

En 4 décadas, el país escandinavo ha pasado de tener una total dependencia del combustible fósil importado, a contar con una potencia instalada en tierra de 2.760 MW -proporcionalmente a su territorio 1,8 veces más que España- y es líder en eólica marina con 632 MW.

Actualmente, el gran objetivo de la política energética danesa está fijado para el 2050, y es, posiblemente, el más ambicioso llevado a cabo por cualquier país de sus características hasta el momento. Para ese año, se intentará que las energías renovables cubran el 100 por ciento de la demanda generada para calefacción, electricidad, industria y transporte. El acuerdo, corroborado por el 95 por ciento del parlamento danés, completará su primera fase en el 2020, año en el que se estima que se alcancen los siguientes objetivos:

  • Más del 35 por ciento del consumo de energía final correspondiente a energías renovables.
  • Aproximadamente el 50 por ciento del consumo eléctrico generado por energía eólica.
  • 7,6 por ciento de reducción del consumo energético respecto al 2010.
  • 34 por ciento de reducción de la emisión de los gases de efecto invernadero respecto a 1990.

Para ello, se invertirán 10.400 millones de dólares en diversas áreas, como energía eólica, ahorro energético, biogás, biomasa, energía solar, mareomotriz, investigación y proyectos pilotos e introducción masiva de la electricidad en el sector del transporte.