Más allá de lo que pueda sugerir la palabra, la bioeconomía es un concepto para una nueva economía basada en la manipulación, explotación y apropiación tecnológica de la materia viviente. Lo cierto es que existen diversas definiciones, en las que no siempre queda claro que se trate primordialmente de «producción sustentable» o amigable con el medioambiente.

No obstante, frente a la demanda creciente de determinados sectores de la sociedad, los gobiernos comenzaron a impulsar políticas públicas para incentivar un nuevo modelo productivo, en los países desarrollados y en desarrollo.

Así, la bioeconomía se presentó como un paso superador del crecimiento económico y la competitividad per sé. Pero el resultado parece ser que el mercado invadió espacios sociales y biológicos que estaban regulados por otros principios. Por caso, este nuevo modelo sería como una nueva revolución industrial, que permitiría superar la concluyente etapa en la que reinan los combustibles fósiles.

«No es algo muy distinto de lo que venía sucediendo en los últimos años. Primero surgen los biocombustibles, y en la punta de la pirámide están los biocosméticos, los biofármacos. Hay distintas definiciones, pero es más o menos lo mismo, aunque con un escalamiento en el nivel de precios. Todo lo que ahora nace, lo hace con un concepto de sustentabilidad que antes no se tenía en los negocios.Pero por ejemplo, las biorefinerías tienen un nombre pomposo para lo mismo. No se llamaba así hasta ahora que se puso de moda«, dijo el coordinador del Programa Nacional de Bioenergías del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), Jorge Hilbert.

Sin embargo, las políticas de regulación e investigación no registraron cambios que acompañaran el proceso. «El punto es que cambien las políticas para que realmente se produzca el cambio. Lo que proponíamos era la sustentabilidad dentro de la definición para la Argentina. Muchos de estos productos fueron generados por políticas de gobierno porque, por ejemplo, si no hubiera un mandato de corte no existiría el porcentaje de biocombustibles en la producción argentina«, explicó el técnico del INTA.

«Al ser mercados generados, esos gobiernos pueden incluir un montón de requisitos, y también está el manejo de la percepción pública. ¿Por qué se generó esta temática? por los beneficios medioambientales, y la sociedad tenía un preconcepto para esto», siguió Hilbert. Es que la bioeconomía recibe el visto bueno de la sociedad por distintos factores: uno es la innovación, y por otro lado, la ilusión de salir del paradigma del petróleo a través de las energías renovables.

«Hay una política de Estado para impulsar el concepto, sobre todo en Alemania, que está a la cabeza en cuanto a bioenergías, biorrefinerías, y biotecnología para la medicina humana. Incluso hoy el mercado argentino está perdiendo la posibilidad de la biomasa porque no están las normativas para incorporarlo al sistema, en un país con un gran déficit energético. Esa es una alternativa de Argentina«, advirtió a este medio el ex viceministro de Agricultura y presidente de UBATec, Lorenzo Basso.

Según el académico, «hay un interés económico que se puede aplicar«, principalmente en biotecnología animal, de microorganismos, y en cuanto a la energía. «Después hay una derivación que son las biorefinerías, donde se puso bastante foco acá», detalló. Pero pese a que los marcos regulatorios «han avanzado bastante, aún es necesario focalizar para poder avanzar«, dijo.

Hilbert estimó también que las regulaciones necesitan un ajuste en Argentina para permitir un pleno desarrollo de la bioeconomía. «A algunos productos, como los biocombustibles, se les cargó una serie de requerimientos que no se hacía para los productos anteriores. Hay una dualidad, porque para la misma materia prima de origen hay distintos requerimientos. Se trabajó mucho para bajarles la imagen, y se cuestiona los reales beneficios. Al cambiar la percepción publica ahora hay un montón de barreras«, señaló el técnico.

«El grado de desconocimiento es enorme y la ciencia va más lento que las medidas regulatorias, que tienen poco sustento científico», se lamentó Hilbert.

El ingeniero del INTA, incluso propuso a la bioeconomía como una solución a un problema clásico argentino. «Se puede encontrar una salida para superar antinomias en la estructura argentina, como retenciones sí o no. Se puede no vender más granos y me dedicarse a los subproductos, por ejemplo».

También Basso destacó esa opción: «A partir de subproductos de la producción de energía se genera la glicerina, por ejemplo desde el biodiesel y la soja, y se pueden lograr productos exportables, los bioplásticos. Así se va a cuidar más el ambiente porque son productos biodegradables, que se hacen a partir de residuos. Hay muchos caminos«, se entusiasmó.

Respecto del riesgo de convertir a los seres vivientes en bienes de capital, Basso explicó: «La biotecnología animal como la vaca transgénica (animal genéticamente modificado), sirve para producir insulina con un bajo costo, utilizando una tecnología a partir de la leche. Si no existía esa técnica, la gente se moría«.

Y completó su razonamiento: «Hoy, se habla mucho de la producción de la agroceutica, con atributos beneficiosos para la salud humana y medicamentos. Eso va a ir avanzando mucho más. Estamos muy bien posicionados en el mundo (en cuanto al mejoramiento genético de los granos, por ejemplo)«.