Por un lado, tenemos el plan energético del gobierno que es incierto, errático y contradictorio. Nadie conoce con exactitud cuál es el programa de desarrollo de los hidrocarburos, de las renovables o el modelo de servicios públicos que se aspira a tener. En este contexto la exploración offshore se inscribe en un marco difuso y poco convincente. Pero por el otro lado, de la oposición al proyecto, tenemos una campaña que es imprecisa y no esboza un camino alternativo. Me refiero, por ejemplo, a la campaña titulada “Mirá #Atlanticazo”.

No quiero ponerme en extremadamente exigente con una campaña que sólo pretende alertar sobre un tema y es protagonizada centralmente por artistas, escritores y gente que mayormente desconocen exactamente de qué está hablando. Una campaña así difícilmente pueda darnos precisiones en temas como éste u otros de similar complejidad. Ahora, ya que se ha hecho bastante común utilizar “celebrities” para amplificar mensajes, creo que quienes deben subir la vara y tener una mayor responsabilidad son los que construyen estos mensajes o campañas.

Una primera consideración que se me ocurre hacer es que la expansión de una nueva frontera de explotación petrolera nos lleva a dos grandes dimensiones a evaluar: 1) el impacto ambiental potencial de esa explotación y; 2) las alternativas existentes a no hacerlo, entendiendo que la no explotación es siempre el óptimo ambiental. En cuanto al impacto ambiental, el riesgo siempre existe y se conoce bien, pero al mismo tiempo, es una actividad altamente experimentada y muy usual en la actividad petrolera global.

¿Es inocua? En verdad, ninguna explotación petrolera lo es. Lo anterior nos llevaría seriamente a pensar en la alternativa a no hacerlo. Los hidrocarburos (carbón, petróleo y gas) están hoy ingresando en su fase de abandono, la dichosa transición energética. Esto se debe a la crisis climática global que nos obliga al abandono progresivo y rápido de los mismos.

Este proceso de transición, muy rápido para los tiempos históricos de la sociedad, es un proceso que está pautado que debe desarrollarse a lo largo de las próximas tres décadas. Mientras una economía basada en combustibles fósiles debe abandonarse progresivamente, una nueva economía descarbonizada, basada en renovables, debe surgir suplantando a lo que conocimos hasta ahora.

Para que esto ocurra debe diseñarse inteligentemente una estrategia de inversiones en las nuevas tecnologías al mismo tiempo en que se sostienen las viejas actividades en su camino descendente. Esto implica una inteligente asignación de recursos, subsidios y regulaciones. Si nos excedemos en inversiones fósiles corremos el riesgo de generar activos perdidos por no poder explotarse, si no invertimos lo suficiente podemos generar una crisis energética puesto que no tendremos disponible a tiempo las tecnologías de cero emisiones.

Es frecuente en estas discusiones dos posiciones cándidas: una se plantea que debe frenarse completamente las actividades fósiles desde hoy mismo, la otra supone que el cambio puede ocurrir en algún incierto momento futuro sin cambiar nadas hoy. El proceso vertiginoso de cambios que vamos a vivir es inédito, sin embargo, no dejaremos de consumir fósiles mañana pero tampoco vamos a poder demorar los cambios ni un minuto más.

Ahora ¿cómo contribuye nuestro país a esa dinámica global? La estrategia argentina para hacer su contribución al esfuerzo global en esa transición energética está plasmada en lo que se conoce como NDC (contribución nacionalmente determinada).

La NDC actual y una actualización de la misma fueron presentadas a fines del 2020 y durante el 2021, respectivamente. Pueden leerse en la página del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible o en la página oficial de la Convención de Cambio Climático.

En base a esos documentos las emisiones argentinas deberán tener la siguiente evolución acorde a la NDC:

La pregunta que correspondería hacernos es si esa NDC o compromiso es adecuada o no para contribuir al esfuerzo global necesario en el marco del Acuerdo de París.

Personalmente creo que sí, claro que se podrían hacer algunas consideraciones a la negociación climática global considero que es adecuado el compromiso que el país presentó. Dicho esto, veamos qué significa hacer esa transición que tenemos comprometido hacer.

De manera muy simplificada, las emisiones se deben estabilizar al nivel actual hasta 2030, con un leve descenso en realidad, y luego decaen rápidamente hasta llegar a cero en 2050. Más allá de tecnicismos y mayores detalles, la quema de hidrocarburos tiene una relación directa con las emisiones generales y son además los principales contribuyentes a las mismas.

Podemos suponer entonces, de manera aproximativa que la demanda doméstica de petróleo seguirá una curva de declive bastante similar a la que traza la NDC para las emisiones totales: estables hasta 2030 y declive hasta cero en 2050.

La NDC toma como años base o de referencia al año 2016. En ese año la demanda de petróleo fue 25.600 miles de TEP (toneladas equivalentes de petróleo).

Si estimamos el consumo total de petróleo entre los años 2021 y 2050 cumpliendo la NDC, es decir, siendo responsables climáticamente, vamos a necesitar 481.850 miles de TEP. Algo así como 3.300 millones de barriles de petróleo. ¿De dónde saldrán? Bueno, las opciones son bien conocidas y nos tantas.

Podemos abastecernos de:

a) Pozos Convencionales, poco, ya que sus producciones están en declive.

b) Pozos no Convencionales, Vaca Muerta.

c) Pozos Offshore

d) Importaciones

Estas son las alternativas a evaluar en base a sus costos ambientales, costos económicos y la seguridad del suministro que nos ofrecen. Esta es la decisión estratégica y que es parte de la NDC, es parte de nuestra política climática.

También se podría agregar la posibilidad de exportación de petróleo como negocio y esa sería otra variable posible de considerar. De todos modos, para un análisis simplificado, lo que debemos hacer de mínima es darnos una respuesta convincente a la demanda doméstica.

Entonces, volviendo al comienzo, es básico para estructurar una campaña contra una explotación petrolera, sea donde fuera, tener en mente estas consideraciones. Si no se tiene en cuenta la demanda futura de petróleo o gas que tendremos, aún en un escenario de transición como nos plantea la NDC, se estará planteando a la sociedad una campaña o disyuntiva engañosa o, como mínimo, que no está a la altura del debate que Argentina debe darse.

Claro que se puede decir que no a la explotación offshore, pero sepamos que eso significa continuar y aumentar la explotación de Vaca Muerta o incrementar las importaciones de petróleo. No hay muchas más opciones. La transición energética es esto, esta es la discusión. Al mismo tiempo, debemos diseñar políticas y nuevos marcos regulatorios para acelerar el ingreso de más renovables, más infraestructura eléctrica, más tecnologías de almacenamiento, biocombustibles y desarrollo del hidrógeno para cubrir toda la demanda que va dejando vacante el recorte en los hidrocarburos.