Hace unos años hubo una muy exitosa película que en su versión castellana se llamaba 20.000 años antes de Jesucristo. Para el hombre de aquel entonces la tierra era plana y se extendía sin acabar nunca.  Las tribus eran nómades y vivían de lo que encontraban en su eterno peregrinar. Dejaban tras sí una extensa huella de tierra arrasada, tanto en vegetación como en vida animal, ya que el pasado no los preocupaba pues delante de sí tenían siempre nuevas tierras para su vida nómade.

A medida que los hombres comenzaban la vida sedentaria, tampoco se preocupaban por la tala de bosques que habían hecho para su asentamiento, ya que siempre habría más bosques que los proveían de todo lo que necesitaban para su supervivencia.

Cuando ya no alcanzaba, talaban más bosques para comenzar la agricultura y luego, cuando los animales que cazaban para comerlos comenzaban a escasear, la domesticación de animales para tenerlos a mano para completar su propia demanda de comida. Total, el mundo virgen era infinito y la poquita tierra que civilizaban en esencia ni se notaba.

Pero con el paso de los siglos el panorama comenzó a cambiar. Al principio porque la especie humana iba en continuo aumento y luego también, hace ya unos cuantos siglos, porque el hombre aumentaba sus conocimientos y descubrió con sus desplazamientos que la tierra no era plana sino aparentemente redonda. Muy interesante, pero no por eso iba a cambiar su forma de vida.

Lea también: «Erico Spinadel y un análisis coyuntural sobre las energías renovables en Argentina»

Recién a principios del siglo pasado algunos pensadores y estudiosos comenzaban a ponerse nerviosos porque intuían que de seguir así, alguna vez se iba a cambiar la bonanza y habría que pensar en comenzar a cambiar su sistema de vida derrochador de lo que la tierra le proveía. Pero las modernas teorías de economía se armaban con un conjunto de conceptos e instrumentos tales como costo, precio, dinero, el sistema monetario, la demanda, la oferta, las acciones, los créditos y muchos más derivados de una manera cada vez más sofisticada. La sociedad nunca pensó seriamente en que su hábitat perdía valor por la deforestación, el deterioro y hasta la extinción de los recursos naturales.

Por fin, tal vez a comienzos del siglo pasado, aparecieron científicos, pensadores y algunos agitadores visionarios que alertaban que en la forma que nuestra sociedad actuaba, hacía impacto en todas partes y en forma progresiva hacía un daño peligroso a nuestro hábitat. En las últimas décadas, merced a datos de imágenes satelitales, las técnicas geoespaciales y el persistente insistir en el calentamiento global nos hizo darnos cuenta de la magnitud del daño que estamos causando y que nos hace avanzar aceleradamente en un camino de destrucción del ecosistema.

Cuando insisto en mis presentaciones y conferencias de que debemos actuar todos y cada uno de nosotros trabajando activamente y por todos los caminos posibles para que este único mundo nuestro siga siendo habitable para los nietos de los nietos de nuestros nietos, créanme que el tratar de generar la energía eléctrica a partir de los recursos naturales no convencionales de bajo impacto ambiental, de pasar a una economía energética del Hidrógeno obtenido a partir de la generación eoloeléctrica, solo estoy dando pautas para uno de los procederes requeridos para lograrlo.